Llegamos en julio, cuando la luz ya no negocia. La costa levantina tiene esa cualidad de aplastarte el paisaje hasta convertirlo en geometría pura: el blanco de la cal, el azul sin matices del agua, la línea horizontal donde los dos se encuentran.
No hay vegetación que suavice.
Es un territorio de certezas.
«La sal no se fabrica.
Se recoge cuando
el mar la deja.»
Azul marino casi negro antes del amanecer. Terracota de las paredes encaladas al sol de las doce. El verde grisáceo de la mata baja. El blanco que no es blanco sino una docena de blancos distintos según la hora. No los elegimos — los encontramos.